
A
partir del texto del director de la OIT- España, Joaquín Nieto, en la
conferencia del 2017, se puede realizar un análisis pormenorizado de varios de
los puntos que señala en el mismo.
De
forma esquemática, se distribuiría la información presentada en seis puntos,
los tres primeros corresponden al contexto que aparece con la automatización de
los procesos laborales, el cuarto y quinto punto equivaldrían a las ventajas y
desventajas de la situación anterior o a los posibles efectos positivos y
negativos que esta evolución tecnológica acarrearía en el futuro. Finalmente,
el último punto contempla los factores de género como la conciliación y la
salud.
Para
empezar, introduciremos el problema de género, pues es el que se relaciona más
directamente con el área temática de la mujer en los problemas socio-sanitarios,
para pasar, posteriormente, a los problemas laborales y el futuro de éste,
concluyendo con posibles propuestas y anotaciones personales.
El
origen de la desigualdad de género se encuentra en la división sexual del
trabajo que históricamente ha asignado a los hombres el trabajo remunerado y a
las mujeres el no remunerado que sirve de sustento al trabajo que percibe pago.
Esta división se ha dado en todo el mundo, las mujeres de muchos países
continúan siendo las responsables de la mayor parte del trabajo que no percibe
remuneración y cuya contribución a la economía queda sin reconocer.
La
responsabilidad principal de las mujeres es el trabajo de cuidado de los hijos
y el mantenimiento del hogar, que limita su tiempo y sus oportunidades para
participar en el mercado laboral remunerado y acceder a los beneficios
económicos y de protección social ligados a ella. Asimismo, el hecho de que el
trabajo “femenino” sea subvalorado social y económicamente conduce a que, cuando
se cumple en el hogar, no sea reconocido como trabajo, y a que las ocupaciones
y sectores laborales más feminizados, como sucede con la enfermería, no gocen
de tanto prestigio y remuneración. De hecho, el rol doméstico tiende a
considerarse como algo natural por las características de la mujer.
Si se observan las carreras estudiantiles, existen
diferencias entre aquellas elegidas por varones y aquellas seleccionadas por
mujeres, por ejemplo, rtve expone datos interesantes en el articulo “La paridad en la Universidad: casi todos en
Informática son hombres y en Educación dominan las mujeres”[1] del 25
de enero del 2019.
Son datos de la última Estadística de Indicadores Universitarios 2018 del Ministerio de
Educación, con datos
del curso 2016-17, cuando accedieron por primera vez a un grado 340.988 alumnos
(284.540 en centros públicos y 56.448 privados), siendo los ámbitos de
Negocios, Administración y Derecho los de mayor ingreso, representando el 22,1%
del total.
De
los nuevos estudiantes de grado en el citado curso, el 54,4% fueron mujeres y
el 45,6% hombres. Y el porcentaje de ellas fue mayor en todas las ramas del
conocimiento menos en Ciencias (52,3% hombres), en Informática (87,9%) y en
Ingeniería, Industria y Construcción (73,8%).
Además
de en Educación (77,5% mujeres), el porcentaje de alumnos que accedieron a un
grado en el citado curso era mayormente femenino en Arte y Humanidades (59,5%);
Ciencias Sociales, Periodismo y Documentación (61,3%); Negocios, Administración
y Derecho (51,7%); Salud y Servicios Sociales (71,3%); y Agricultura,
Ganadería, Silvicultura, Pesca y Veterinaria (50,3%).
La
elección de ramas del conocimiento también difiere según la universidad sea
pública o privada. Así, el 21,6% del nuevo alumnado de las universidades
públicas escogió Negocios, Administración y Derecho (22,9% en privadas); el
13,4% se inclinó por Ingeniería, Industria y Construcción (5,3% en privadas);
el 12,9% eligió Ciencias Sociales y Periodismo (15,4% en privadas); o el 11,7%
optó por Salud y Servicios sociales (4,6% en privadas).
El
sexismo cultural que favorece la libre elección de la carrera universitaria
bajo la influencia contextual histórica sobre los roles de género, genera esta
división entre ramas académicas, que además se ve repercutida, posteriormente,
a nivel laboral.
El acceso a los estudios de enfermería
sigue las directrices de cualquier otra titulación y no se ha detectado la
posibilidad de desigualdades de género salvo la propia elección de forma
minoritaria, por parte de varones, que se relaciona con los estereotipos de
género, el peso de los roles y el menor reconocimiento social y económico al
trabajo feminizado. Diversos estudios achacan esta escasez de hombres en su
mayor medida a los siguientes motivos: los estereotipos de género, el
desconocimiento sobre la profesión, la visión de la profesión tradicionalmente
femenina y la percepción de que los enfermeros son gays por dedicarse a una
tarea <<femenina>> como el cuidado. (Rueda Martínez. G.V y Iruzubieta Barragán, 2014. P. 35)
Los
datos[2] extraídos por El País en el artículo: “Las profesiones
con más mujeres”, muestran que las profesiones como las de fontanero, albañil,
mecánico, sacerdote, taxista o conductor, técnico e ingeniero, policía,
aeronáutico, ejecutivo, jardinero, analista de software, basurero, arquitecto, economistas,
artistas, mantenimiento, gasolineras y artesanos, tienen un porcentaje del 34%
de mujeres aproximadamente. Mientras que, las profesiones de medicina,
dependienta, escritor, periodismo, terapeuta, farmacéutica, guía turístico,
ayudante de concina, enfermería y partera, peluquería y estética, cajera y
taquillera, atención al público, profesora de primaria, maestra, limpiadoras,
auxiliar de enfermería, cuidadoras y empleadas del hogar, tienen un porcentaje
cercano al 98% de mujeres aproximadamente.
Quedan
en paridad las profesiones públicas de cargos directivos en la administración,
profesores universitarios, físicos, químicos, matemáticos, jueces, fiscales y
abogados, cocineros y camareros con un porcentaje del 53% de mujeres
aproximadamente.
Si
se agrupase el salario de los trabajos masculinizados por una parte y los
feminizados por otra, se observaría que a final de mes, el primer grupo
superaba en salario total al segundo. Lo que demuestra una desigualdad en
cuanto a la importancia que se le da a un sexo-trabajo y al otro sexo-trabajo,
lo que genera una disparidad decadente para la mujer.
La
importancia que se desempeña en un sector laboral no es tanto material como
cultural, una muestra de ello la ha ofrecido la crisis sanitaria por el
COVID-19 en España, en la que se ha demostrado que uno de los sectores más
feminizados, con un 89% aproximadamente de mujeres, como es el caso de la
enfermería, ha sido crucial y de suma importancia, al igual que las cajeras de
los supermercados, las farmacéuticas, cuidadoras, etc.
La
mujer, por tanto, desde la división sexual del trabajo, se ha visto
influenciada por el concepto de femineidad basado en una mujer amable,
empática, dulce, que cuida... características que muestran “lo que se espera de
ella”. Dicho concepto favorece que, por aceptación social, cultural o por
interiorización, tienda a buscar áreas de desarrollo laboral o académico
relacionadas con tales cualidades como son las ya mencionadas. Estas áreas, al
ser desvalorizadas por la sociedad dado un proceso cultural anterior, implican
peores salarios y horarios, lo que dificulta el nivel de vida de la mujer. Un
ejemplo de ello lo muestra la siguiente cita en relación con el trabajo de
enfermería:
Enfermería y mujer siempre han ido
ligadas, es más, el termino enfermera en femenino, es el que utilizamos para
hablar de los profesionales enfermeros. La explicación que dan de la relación
de estos dos términos, enfermería y mujer, es que el ser mujer ha estado
siempre ligado a las practicas humanas en relación son la salud, de hecho en la
mayoría de las culturas desde la antigüedad <<el cuidado>> de los
niños, de las parturientas y los enfermos en general, ha sido responsabilidad
de las mujeres, mientras que el tratamiento de la enfermedad o
<<curación>>, generalmente fueron asignados a determinados hombres
de la medicina o sacerdotes. Desde los comienzos, los cuidados fueron vividos y
transmitidos por mujeres, se perpetuo la idea de que el instinto maternal era
el que proporcionaba la motivación y el impulso necesario para cuidar a las
personas enfermas. (Rueda Martínez. G.V y Iruzubieta Barragán,
2014. P. 18-19)
Junto a la situación laboral, más precaria para la
mujer que para el hombre, es menester añadir el rol asignado a las tareas del
hogar y al cuidado de los dependientes. Así, la mujer realiza dos labores:
aquellas pagadas y aquellas que no están pagadas pero que son necesarias
socialmente como es el cuidado de los niños y personas mayores, tareas del
hogar diversas, recados cotidianos…
Esta doble jornada laboral se endurece en caso de
ausencia de conciliación familiar. De acuerdo a ello y según los datos del INE en
el año 2019, un 46,7% de mujeres trabaja
a tiempo parcial para poder compatibilizarlo con el cuidado de personas
dependientes al no poder costear los servicios adecuados para el cuidado de los
hijos; un 3,3% lo hace porque no puede costear los servicios adecuados
para el cuidado de adultos enfermos, discapacitados o mayores y un 2,1%
por ambos motivos. Mientras que en el caso de los varones, es el 47,9%
quienes alegan buscar la jornada a tiempo parcial por no haber o no poder
costear los servicios adecuados para el cuidado de hijos; un 4,7% dice
haber tomado esta decisión por no poder costear los servicios adecuados para el
cuidado de adultos enfermos, discapacitados o mayores y un 5,8% alega
ambos motivos. [Instituto Nacional de Estadística [INE], 2019]
Si se analizan los grupos de edad del mismo año se
observa que el porcentaje más alto de mujeres que trabajan a tiempo
parcial porque cuidan a personas dependientes corresponde al grupo de edad de
35 a 44 años con un 60,4% y en los hombres corresponde al grupo de edad de
45 a 54 años con un 47,2%. Además, un 26,2% de mujeres (de 25 a 54 años) son
empleadas con 1 hijo frente al 5,3% de hombres. En el caso de 3 o más hijos los
porcentajes son 25,6% de mujeres y 4,4% de hombres. Así mismo, según
tipo de hogar, el porcentaje más alto en el año 2019 de ocupados a tiempo
parcial en España corresponde en mujeres al hogar de dos adultos con hijos
(26,3%) y en hombres a un adulto con hijos (7,4%) [Instituto Nacional de
Estadística [INE], 2019]
Estos datos complementan de forma más
generalizada la información ofrecida por Joaquín Nieto sobre los horarios
atípicos en enfermería, donde el 84% son mujeres y el 33% de ellas se encuentra
en una edad comprendida entre los 30 y 39 años, es decir, es el ciclo más alto
de fertilidad, a lo que hay que sumar que 6 de cada 10 tiene ya hijos. La
enfermería, señala Nieto, fue uno de los primeros colectivos en conseguir
guarderías en los centros de trabajo (grandes hospitales), pero evidentemente
es un problema añadido el de los horarios. En todos los empleos el tipo de
contrato es una variable muy a valorar en las condiciones de trabajo.
Las
condiciones de trabajo de las mujeres suelen ser más duras, debido tanto a la
precarización laboral de los sectores feminizados como la falta de conciliación
familiar, por ello es lógico que aparezcan trastornos como la depresión y la
ansiedad, a nivel psicológico, u otros a nivel físico.
La
salud se mide de acuerdo a indicadores subjetivos e indicadores de morbilidad,
mortalidad y de cuidado de la salud.
Respecto
a los indicadores subjetivos, es decir, a la percepción sobre la propia salud,
los varones se ven peor que las mujeres entre las edades de 5 a 15 años,
posteriormente, en edades más avanzadas, las mujeres se autoperciben con peor
salud, percepción que aumenta a partir de los 65 años.
Las
diferencias observadas en la autopercepción de la salud tienen una explicación
biológica, social y psicológica.
A
nivel biológico, los varones nacen más débiles pero la naturaleza los hace
progresivamente más fuertes, mientras que las mujeres tienen mayor resistencia
en la infancia pero la van perdiendo con los años.
A
nivel social, los varones realizan actividades privadas y públicas de mayor
riesgo para la vida que las mujeres, pero las mujeres tienen que compaginar el
trabajo doméstico con el asalariado produciendo problemas físicos de
agotamiento y psíquicos en cuanto a estrés o depresión.
A
nivel psicológico, los varones no reconocen sus deficiencias de salud, mientras
que las mujeres sí, pero éstas, muchas veces tienen que dejar como factor
secundario la salud, con tal de atender responsabilidades ineludibles y diarias
(cuidado de los hijos, de un anciano…). Además, esta doble jornada produce que
la mujer no tenga tiempo para el autocuidado y tampoco lo reciba de otros
familiares.
Según la citada Encuesta Nacional
de Salud, el 10, 7% de la población mayor de 16 años que estudia, trabaja o se
ocupa de labores del hogar ha tenido que restringir su actividad en las dos
últimas semanas por algún síntoma de enfermedad. Entre los varones el promedio
es 8,6% y entre las mujeres 12,6%, es decir: un 50% más alto. La encuesta sólo
ofrece cifras sobre quienes realizan una actividad (estudio, empleo o labores
del hogar) […] En todos los grupos de edad es más frecuente que hayan sufrido
síntomas las mujeres, pero la diferencia llega al máximo en las edades
centrales, especialmente entre los 45 y 54 años, franja en la cual las mujeres
duplican a los varones (13,71% frente a 6,62%). (María
Ángeles Durán, 2008, Pp. 99-103)
La
restricción de actividades en esta encuesta se muestra como indicador indirecto
del autocuidado y del cuidado a terceras personas.
Suponiendo que la
distribución sea homogénea durante todo el año, y suponiendo asimismo que se
trate de un único episodio mórbido, la tasa anual de episodios seria 2,79. A su
vez, el promedio de días de restricción de la actividad principal por episodio
fue 7,31 (6,97 en el caso de los varones y 7,52 en el de las mujeres).
Las limitaciones prolongadas
de actividad (superiores a 10 días seguidos en el último año) afectaron al
22,21% de la población, una quinta parte de los varones y casi una cuarta parte
de las mujeres (20,44% y 23,9%, respectivamente). […] hasta los 25 años las
limitaciones prolongadas son más frecuentes entre los varones. Entre los
mayores de 75 años las limitaciones prolongadas afectaron al 43% de la
población total, así como al 37,12% de los varones y al 47,41% de las mujeres.
[…] Además, las mujeres restringen su tiempo libre durante periodos más
prolongados (7,89 días en comparación con 7,31 días en el caso de los varones),
experimentan episodios de restricción más largos y declaran mas síntomas que
los varones. El tiempo anual de restricción de tiempo libre por persona puede
estimarse en 24,61 días para los varones y 32,59 días para las mujeres. (María
Ángeles Durán, 2008, Pp. 103)
Las
mujeres tienden también a realizar consultas médicas con mayor frecuencia que
los varones, pero en cuanto al motivo de las visitas no hay una clara
diferenciación de género.
Las
enfermedades más comunes en las mujeres son aquellas relacionadas con el
sistema circulatorio, trastornos mentales y del sistema nervioso y a su vez se
ven más afectadas por causas externas de mortalidad como es el caso de los
homicidios. Añadiendo a este punto las enfermedades citadas en el texto base:
disfunciones cardiacas, óseas y cardiovasculares, ansiedad y trastornos de la
personalidad.
La Encuesta de Morbilidad
Hospitalaria 2004 permite conocer el tipo de enfermedades que provocan
estancias hospitalarias y la duración media de estas según el género. Las
estancias hospitalarias resultan relevantes a efectos del análisis económico
porque consumen una parte importante de los recursos monetarios asignados a la
sanidad, y son intensivas en cuidados remunerados y en el uso de instalaciones
sanitarias. […] La estancia media de internación de los enfermos dados de alta
es ocho días para los varones y siete para las mujeres. La duración media por
estancia es idéntica por género para los menores de 14 años, más elevada para
los varones en el grupo de 15 a 16 años […] y sube en el caso de las mujeres a
partir de los 85 años. (María Ángeles Durán, 2008, Pp. 107)
La
discapacidad también afecta en mayor medida al género femenino con gran
diferencia a partir de los 65 años debido a su longevidad y a los problemas
físicos y psíquicos que hayan podido sufrir.
Las
mujeres tienden a vivir situaciones más estresantes debido a la falta de
compatibilidad entre la vida privada y laboral, al mismo tiempo, esta falta de
espacio para el autocuidado o el reposo necesario por enfermedad, genera a
futuro mayores problemas de salud que, junto con la longevidad, conllevan a un
deterioro físicopsíquico que empeora la calidad de vida.
La
introducción de cambios en el trabajo y el empleo en relación a la
globalización y digitalización, podría verse desde tendencias positivas o
negativas, dependiendo de las predisposiciones a futuro, lo que deja una puerta
abierta a una posible mayor calidad de vida y conciliación familiar o bien a un
empeoramiento y precarización de los trabajadores, especialmente de la mujer y
todavía más de la mujer inmigrante.
Los
datos concretos sobre la evolución del trabajo proporcionan evidencias significativas,
ya que el modelo de división tradicional del trabajo propio de las sociedades industriales
se está transformando sustancialmente. Están surgiendo nuevas modalidades y
experiencias de trabajo en lo referido a localización, duración, grado de
implicación personal y funciones, disminuyendo la cantidad de trabajadores en fábricas
manufactureras, zonas agrarias o trabajadores poco especializados; y aumentando
la población activa femenina y la proporción de profesionales y técnicos. Los
jóvenes están encontrando dificultades para incorporarse al trabajo, lo que da
lugar al envejecimiento de las poblaciones activas, con gran flujo de
trabajadores emigrantes, reducción de la jornada laboral, como se ha visto en
los datos aportados por el INE en cuanto a la jornada partida, los cuales
aumentan como también lo hacen los empleos temporales y a media jornada.
La
nueva configuración del trabajo a la que está llegando (en localización y funciones
sobre todo), es el resultado de un cambio desde modelos de la actividad
económica en las que existían unas estructuras organizativas concretas en las
que las tareas se encontraban “físicamente” situadas (fábrica u oficina) y
programadas de manera bastante fija e inequívoca, hacia una definición de
necesidad de tareas que tienen que ser hechas, pero que pueden serlo de manera
más flexible, abierta y deslocalizada.
Los
nuevos enfoques organizativos tienen implicaciones para las trayectorias y las
condiciones de los trabajadores como tales. A los operarios se les pide que se
vean a sí mismos como personas emprendedoras que tienen que ser capaces de
fraguarse su propio futuro económico, sin contar con la seguridad pasiva que
proporcionaba la vieja condición de asalariado en el sentido clásico. Por lo
tanto, la dualidad valorativa que generalmente tiende a establecerse entre
asalariado pasivo y desfasado y emprendedor/moderno/dinámico, encierra
subterfugios de los que a primera vista pudiera parecer. La alteración simplista
de la figura y el rol del emprendedor esconde una filosofía tramposa desde la
que se sostiene que la idea de una sociedad segura está supeditada y que las
conquistas sociales y laborales propias del modelo de Estado de Bienestar se
encuentran superadas históricamente.
Esta
situación genera dos tendencias de dualización social en los aspectos
laborales:
Por
una parte, la agudización de los componentes duales de la estructura
ocupacional.
Por
otra parte, la definición de un marco más simétrico de oportunidades
competitivas de los trabajadores potenciales o efectivos en los nuevos mercados
laborales, que dará lugar a mayor precarización y exclusión social.
Con
los nuevos modelos descentralizados y desespecializados se rompe con las clases
medias, debido a que la desubicación retira personal en cargos intermedios. Al
mismo tiempo, los trabajadores y las organizaciones se debilitan, con lo que
tienen menor presión y poder de negociación debido a la implementación de
robots y sistemas automáticos.
Los
trabajadores se encuentran con que, mientras el capital puede moverse con gran
fluidez de un lugar a otro a través de internet y circuitos financieros
modernos, los trabajadores se encuentran con problemas personales e incluso
legales. La movilidad del trabajador
también se ve influida por razones de carácter social, como la ruptura de lazos
familiares, un contratiempo que no sufren las empresas.
Para
adaptarse a los requisitos de las nuevas modalidades de competencia y a las exigencias
de flexibilidad que se demanda desde mercados crecientemente globalizados, los
trabajadores se ven obligados a pagar unos costes humanos y sociales que no
guardan proporción con el esfuerzo adaptativo de las empresas. Estos costes
caen a hombros de las familias y cuando estas se rompen, caen sobre los
individuos, sin ser recogidos por ningún tipo de protección compensatoria.
Con
la situación laboral legal aparece la economía sumergida en la que abunda el
género femenino, y los mercados negros paralelos justificados como necesidad
funcional de los sistemas económicos, una realidad ya analizada en varios
estudios sociológicos, por ejemplo, en el ahorro del coste que supondría pagar
ciertas actividades subvaloradas como las empleadas domésticas, recogida de
productos agrícolas… en este último caso
se utiliza a emigrantes irregulares, al igual que en la construcción, con la
intención de optimizar recursos, sobre todo en las grandes urbes y en condiciones
de semiesclavitud, con salarios inferiores a los establecidos, jornadas largas
y a veces viviendo de manera hacinada.
La
dinámica de reajustes y de fusiones tiene tendencia a continuar
intensificándose, con su consiguiente repercusión negativa en el volumen y en
la calidad del empleo, y con una acentuación de la concentración de poder y
recursos. En muchos casos, estas fusiones se realizan empleando intensivamente
todas las posibilidades de ahorrar puestos de trabajo mediante la aplicación,
sobre todo, de sistemas de organización y de producción altamente automatizados
e informatizados.
Los
modelos sociales que están perfilándose en relación con la incidencia del
desempleo corresponden con la respuesta norteamericana y con los enfoques
europeos.
La opción
americana se ha fundamentado en la existencia de mayores desigualdades sociales
y en el desarrollo de lo que se ha calificado como mercado de trabajo a coste
reducido o infra-mercados, que dan lugar a una mayor proporción de empleos
inseguros, esporádicos y mal pagados, es decir, infratrabajos.
La
opción Europea de regulación socio-laboral en Europa ha influido en la
desaparición de empleos industriales, en jubilaciones anticipadas y en las
dificultades de jóvenes y mujeres para incorporarse al trabajo. Lo cual ha
conducido a un aumento del paro de larga duración.
La
expansión de las modalidades de empleo a tiempo parcial está teniendo lugar en
su mayor parte en los ámbitos donde actualmente se podría generar trabajo en
mayor grado: entre las mujeres, entre los jóvenes y en los servicios. Lo cual
permite caracterizar esta modalidad laboral como un rasgo emergente de los
sistemas productivos en su actual fase de evolución.
En
algunos países, sobre todo de los desarrollados, la proporción de empleados a
tiempo parcial ha crecido. Este tipo de interpretaciones contrasta con las
resistencias a aceptar la reivindicación sindical de la jornada de 35 horas.
Sin embargo, a pesar de no aceptarse, la reducción efectiva de los tiempos
reales de actividad laboral se extiende de facto por otras vías de mayor
utilidad económica, ya que el rendimiento de los trabajadores a tiempo parcial
es bastante mayor que el de uno a tiempo completo. Este tipo de contrato tiene,
como se ha podido observar anteriormente, mayor porcentaje de presencia en el
sexo femenino.
Respecto
a las tendencias ocupacionales, se observa una reducción del crecimiento de las
actividades relacionadas con la venta y la intermediación comercial, debido a
la expansión de la compra por redes sociales o vía internet. No obstante,
existen ocupaciones cuya demanda crece, como es el caso de las actividades
relacionadas con la prestación de servicios, especialmente en el sector de la
alimentación y las tareas domesticas; así como en las actividades de gestión
administrativa alta e intermedia, en actividades que tienen que ver con el
cuidado y la atención física personal, aquellas relacionadas con el
entretenimiento y con las nuevas necesidades sociales (trabajadores sociales,
profesores, asistentes educativos…), y las actividades relacionadas con las
nuevas ocupaciones en el sector electrónico.
Estas
actividades, a excepción de las relacionadas con la administración y con el
sector electrónico, tienen un carácter feminizado y precario. El aumento de
demanda de estos sectores no implica que se prevea un crecimiento importante
del volumen de fuerza de trabajo necesaria.
La oferta
de nuevos empleos parece que tenderá a desarrollarse en buena medida en torno a
un doble polo de referencia.
Por
una parte, la demanda/sustitución de empleos marcada directamente por la
evolución tecnológica y por las nuevas condiciones de la producción (menos
operarios manuales, menos personal administrativo no especializado, mas
servicios especializados y mas expertos en electrónica y comunicación) y, por
otra parte, una demanda social más general relacionada con el nuevo estatus de
la mujer y su incorporación al trabajo, lo que da lugar a que una serie de funciones
que antes realizaban la mayoría de las mujeres en el hogar, ahora adquieran una
proyección organizativa diferente (comida, cuidado de niños y ancianos, tareas
de la casa…) en cierta conexión también con la mayor demanda de cuidados
personales y la intensificación de las aspiraciones de mejora de la calidad
residencial.
Algunos
de los empleos que los expertos estiman que tendrán mayor expansión no
requieren niveles de cualificación ni de titulación elevados, ni implican un
grado de compromiso acentuado con el trabajo, pues son eventuales, de duración
corta, sustituible e intercambiable, que generalmente pueden realizar en
régimen de empleo autónomo y en empresas de tamaño reducido.
Estas
tendencias no deben llevarnos a pensar que nos encaminamos hacia un mundo de
pequeñas empresas y trabajadores autónomos en un grado económico idílico en el
que la mayoría de las personas gozaran de un alto grado de autonomía personal y
de capacidad de autorrealización, y en el que los mercados no serán sesgados
por la presencia de grupos poderosos que introduzcan graves asimetrías en su
funcionamiento. En realidad, algunos de los nuevos fenómenos ocupacionales
esconden tendencias que implican una mayor precarización laboral e
inestabilidad en el empleo.
El
aumento del número de pymes y de autónomos están ocultando la verdadera
dimensión que esta alcanzado el desempleo, ya que en muchos casos los activos
que recurren a estas nuevas formas de relaciones lo que están haciendo es
intentar salir adelante como pueden y a veces encubrir su situación objetiva de
paro o de subempleo en un contexto en el que no es fácil encontrar buenas
oportunidades para desempeñar un trabajo regular a tiempo completo y de manera
continuada.
Con
un Estado de Bienestar debilitándose y las redes familiares como únicas
sustentadoras de protección y ayuda económica, se puede llegar a una mezcla
social detonante si las condiciones de trabajo continúan precarizándose y se
hace notar en mayo grado sus efectos críticos en términos de desigualdad y
deterioro de las condiciones de vida para sectores importantes de población.
El
nuevo paradigma organizacional del trabajo, implica una forma extrema de
regular la economía basada en el principio de maximización de la producción
(trabajo-resultado) y una mayor flexibilidad organizativa con utilización de menos
empleo (trabajo-actividad-realizada), como nueva plasmación del criterio
clásico orientado a obtener mas producción con menos costes y todo ello, está
causando impactos importantes en la estructura y la naturaleza del empleo. De
esta manera, aunque la introducción de robots y sistemas automáticos de trabajo
no pueda considerarse como una variable aislada de los sistemas productivos, lo
cierto es que está contribuyendo poderosamente a imponer una nueva orientación productiva
y nuevas condiciones en las formas de competitividad de las economías modernas.
El
paro, ya estructural, está afectando sobre todo a los jóvenes y a las mujeres.
Las mujeres
tienen altas tasas de porcentaje en los contratos temporales, a tiempo parcial
y como paradas de larga duración, especialmente si son jóvenes y con menos
cualificaciones, así lo muestran las estadísticas de la OCDE y de la OIT al
reflejar un aumento del paro de larga duración con el surgimiento de nuevos
sectores de “trabajadores pobres” que no tienen ingresos suficientes como para
poder vivir dignamente.
Esta
situación precarizadora genera una dualidad laboral, que Gorz calificó como
“sociedad servil” o “modelo colonial”. Este tipo de sociedad viene estimulada
por la notable capacidad adquisitiva que esta adquiriendo la elite de empleados
altamente cualificados, que algunos analistas cifran en tono al 20% de la población
activa, y que demanda crecientemente la prestación de servicios y atenciones
personales a otros sectores más infraposicionados en la población activa. Se
entiende que el desarrollo de los servicios personales no es posible más que en
un contexto de desigualdad social creciente. La profesionalización de las
tareas domésticas es todo lo contrario de una liberación, a razón de una
economía fundada en la dependencia y la heteronimia universales a través de la
proliferación de los servicios de las personas, definiendo a estos como pobres
que se ven obligados a encargarse, al menos parcialmente, de ellos mismos.
Los
elementos dualizadores en estructuras laborales se caracterizan por una
dedicación a tiempo completo entre los varones adultos más cualificados y a
tiempo parcial en el caso de las mujeres; de manera más estable y segura entre
los sectores más integrados de la sociedad y de forma más inestable y precaria
entre los jóvenes, inmigrantes, mujeres y personal con baja cualificación. En
espacios más visibilizados se encentrarían los primeros y en casa u otros
ámbitos menos visibles se situarían aquellos que se ven forzados a buscarse la
vida como pueden.
Estos
sectores mas acusados aluden o contemplan la tecnologización laboral como
sinónimo de precarización, discriminación, desigualdad de oportunidades,
salarios bajos y la necesidad de enchufes para encontrar empleos.
La
automatización del trabajo pone en crisis un sistema de reparto de riquezas y
de asignación de medios de vida que ha estado basado en gran medida en la
apropiación privada de los medios de producción, que no han podido mantener
porque no cerraban las posibilidades de subsistencia a todos aquellos que se
encontraban subordinados como fuerza productiva, y a los que se necesitaban, no
solo como una cuestión exclusivamente de necesidad reciproca, sino también de funcionalidad.
A
tendencia de futuro se debe cuestionar la distribución de recursos necesarios
entre todos aquellos sectores sociales que quedarán fuera del sistema laboral.
Es decir, las funciones que el trabajo ha ido desempeñando y desempeña en las
sociedades tienen relación directa con el equilibrio y la articulación de la
personalidad (sentimientos de autoestima, identidad, realización y utilidad) e
instancias para la práctica de la sociabilidad y de la interacción social,
proporcionando marcos de relación y de ubicación en grupos y organizaciones que
ofrecen bases de proyección social y de asignación de rangos, valores y
prestigio. Permite, asimismo, cubrir la necesidad vital de subsistir, la
necesidad social de cooperar, de participar y de ubicarse en el conjunto
social, sacia la creatividad y la actividad.
Estas
funciones dan lugar a tres visiones del trabajo que corresponden con tres
concepciones ideológico-culturales sobre el carácter de los sistemas de
producción.
Desde
un punto de vista estático se presenta el enfoque económico capitalista
tradicional con visión economicista al entender el trabajo como una forma de
ganar dinero para sobrevivir; el enfoque sociológico de obligación y
correspondencia mutua en el sistema social, aprecia una estabilidad en el
tiempo con una concepción del trabajo entendido como obligación social;
finalmente, el enfoque ideológico que entiende al hombre como productivo y
creativo, que realiza y cumple una función social básica a través del trabajo,
cuyos componentes se asocian a la realización personal o a la satisfacción que
produce el hecho de sentirse útil.
Las
sociedades actuales pueden tender ya no solo a una polarización de los países,
como señala Nieto en el texto de referencia, sino a una polarización social
dentro de los propios países. Pero esta tendencia puede cambiarse mediante
acciones en los ámbitos políticos y sociales, ya que la historia de la
humanidad no se encuentra predeterminada sino que se muestra en continua construcción
por parte de todos los individuos que la conforman.
Algunos
expertos han comentado que los principales efectos de la robotización sobre la
salud física y psíquica de los trabajadores permitirán la eliminación de buena
parte de los riesgos en el trabajo, con disminución de los accidentes y las
enfermedades laborales, así como de las horas de trabajo. Todo ello dará lugar
a un aumento de la productividad del sistema económico y de la calidad y precio
de los bienes y servicios, así como del tiempo libre y de las actividades de
ocio.
En
concordancia con esta hipótesis se encuentran las luchas sindicales hacia la
aspiración del trabajo mínimo y las mejores condiciones de empleo, que ha sido
la máxima perseguida a lo largo de la historia.
Las
luchas sindicalistas han ido en busca de la reducción de los tiempos de trabajo,
intentando armonizar la inclinación hacia el despliegue de las capacidades y
orientaciones productivas de los seres humanos con las posibilidades de una
dedicación a aquellas tareas intelectuales, culturales, recreativas y lúdicas
que podrían propiciar un desarrollo más integral y creativo de las personas
En
la reivindicación de nuevas potencialidades humanas se delineaban claramente
dos elementos de referencia: por una parte la identificación de una evolución
histórica que daba lugar a que cada periodo y modelo de sociedad fueran acompañadas
de formas especificas de trabajo, en función de las condiciones tecnológicas y
organizativas de los diferentes sistemas de producción y la aspiración social a
conquistar modos de vida y de trabajo cada vez mas gratificantes.
Las reivindicaciones
del movimiento obrero se orientaron desde el principio a intentar mejorar simultáneamente
las condiciones físicas del trabajo, los niveles salariales y la extensión de
las jornadas. Primero se reivindicó la jornada de 10 horas diarias, luego la de
48 horas semanales y a partir de ella, las conquistas sociales y laborales se
fueron ensanchando y ampliando progresivamente en la reducción de la jornada
laboral y la mejora de las condiciones de trabajo.
Joaquín
Nieto hizo referencia a la necesidad de reflexionar sobre el futuro del trabajo
a largo plazo a fin de encauzar la evolución de éste desde una perspectiva de
justicia social y de convivencia. Lo cierto es que se trata de moverse entre
hipótesis de cara al futuro y posibles respuestas o reformas a las tendencias
apreciables, que distan de mis conocimientos, pues requerirían de un equipo de
profesionales en varias áreas, documentados, actualizados e instruidos en ellas
y del que ha día de hoy no dispongo, por lo tanto, únicamente expondré mi
cosmovisión de forma simplificada.
El
trabajo si bien es cierto que ha sido, a lo largo de la historia, el punto
central de la organización social, tanto de exclusión como de integración; cada
vez más, gracias a la automatización, queda relegado de tal poder de selección
social, pudiendo generarse una nueva estructura o un nuevo modo de producción,
en el que se disponga de un salario mínimo, menos horas laborales, mayor
cantidad de servicios públicos gratuitos y gran cantidad de actividades para el
tiempo de ocio, de información, cultura, educación e intelectualidad; que
permita una conciliación familiar completa, recayendo el peso que ahora lleva
la familia en el conjunto de la población (el Estado), y un reparto de las
tareas domésticas que podrían carecer del peso que a día de hoy tienen,
eliminando la dependencia social a todos los niveles.
Por
lo tanto, la cuestión sobre los problemas sociales que está acarreando la
automatización (paro, desigualdad, polarización, discriminación, pobreza…) no
estriba solo quien realiza los trabajos productivos, sino quien posee y controla
los bienes, los recursos y los frutos del trabajo, más allá de que se encuentre
robotizado o no. La idea de sustituir la vieja utopía del trabajo por una nueva
utopía que permita aprovechar adecuadamente las nuevas posibilidades no es tan
descabellada, lo es más continuar en la dinámica precarizadora que se esta
alcanzando.
La estructura
social que ha existido desde la revolución industrial se tambalea al haberse centrado
en la actividad laboral, una actividad que empieza a decaer dando inicio a una
nueva modalidad.
Esta
ruptura debe consistir en un avance del conjunto social y no por parte de una
élite, por lo que la influencia de los grupos de presión y las políticas
sociales enfocadas en economías más humanas, favorecedoras de lo público y del
consenso poblacional tienen que convertirse en el eje vertebrador de esta nueva
evolución.
Es
curioso como los aspectos culturales todavía permanecen estancados en siglos
anteriores, como es el caso de la concepción femenina y los roles de género, la
visión del trabajo como necesidad de subsistencia, la visión negativa hacia el
exceso de tiempo libre (ser un ocioso), entre otros; mientras que la evolución
tecnológica empuja a romper todas estas concepciones culturales.
La
resistencia a un cambio positivo para los trabajadores, y en concreto para los
sectores sociales que hoy se encuentran en una situación bordeadora de la
pobreza o inmersa en ella, solo puede favorecer un chirriar entre unas
concepciones y una realidad que dará lugar a aspectos negativos que ya estamos
observando (paro de larga duración, bajos salarios, precarización, violencia,
problemas psicológicos en la población que llegan a la anomia y al posible
suicidio, etc.)
Las
políticas a favor de los sectores más azotados por la precarización laboral, la
pobreza y la carga de prejuicios sociales o actitudes negativas como es el caso
del racismo, el machismo… debe ser atacado mediante políticas en las fuentes
que lo inician, pero no puede entenderse como algo aislado del contexto
económico y de dependencia, romper con esas tendencias culturales que provienen
de un pasado cultural destruido hace años por los avances científicos pero que
todavía no ha sido interiorizado por la población debe ir acompañado de avances
materiales en otros ámbitos, en caso contrario no se sostiene y recae de nuevo,
formando un circulo de resistencia hacia un futuro inminente, una contradicción
que podría dinamitarse en revueltas sociales y tensión política.
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remunerado, Washington, EE.UU., Ed. Biblioteca Sede OPS
[1] EFE, (25 de enero del 2019). La paridad
en la Universidad: casi todos en Informática son hombres y en Educación dominan
las mujeres. Rtve. Recuperado de: https://www.rtve.es/noticias/20190125/paridad-universidad-casi-todos-informatica-son-hombres-educacion-dominan-mujeres/1874180.shtml
[2] Los
datos de este periódico han sido extraídos del asesor de la secretaria de
Empleo de CC.OO, Enrique Negueruela, a partir de microrelatos del INE del 2017.
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